



En el apartamento de concentración de la afición de la selección española, en Umhloti, una localidad a 40 kilómetros de Durban, se mastica la tensión de las ocasiones únicas. Los hinchas, mis amigos Dani y Alberto más un servidor, tras visionar las fotos y videos del partido, y comprobar lo que puede deformar la cara la euforia (uno nunca sabe lo feo que puede llegar a ser), pasan los días previos a la final rastreando lugares con Wi-fi desde los que poder comprobar de nuevo que no era broma los 500 euros que les costará su entrada en el sacrosanto Soccer City de Joburg. No pasa nada, se repiten, invertimos este dinero para que los nietos de los nietos de nuestros agapornis puedan contar que sus ancestros estuvieron en el partido de la gloria.
Un niño sudafricano de siete años, que sólo ha tomado cinco clases de flamenco en su vida, se arranca por bulerías. Baila por instinto y forma parte de la Rosa Spanish Dance Theatre, que es la única compañía y escuela de flamenco permanente que funciona en África. Más de 250 niños, muchos de zonas marginales, toman clases de baile español becados por organismos privados. Hay, incluso, un colegio aquí en Ciudad del Cabo que tiene como asignatura optativa para los alumnos flamenco.

Mis últimos días en Sudáfrica han volado deprisa. La World Cup ha cambiado por completo la atmósfera de una ciudad de piel europea y rodeada de alma africana. La gente pasea por las calles y vive la ciudad con una libertad nueva. “Aquí hay más policías que turistas”, me decía el otro día una amiga. Es cierto. Llega a avergonzar un poco ver que los periódicos españoles abrían a toda página sus ediciones porque un corresponsal del Marca había sido robado en su hotel (para él, sin duda, una terrible experiencia). Gran noticia para abrir un periódico, en un lugar con altos índices de criminalidad, pero que ha hecho un esfuerzo enorme por ofrecer su mejor cara (de eso no leí una palabra). Uno tiene la sensación de que los medios estamos esperando el primer anzuelo, me incluyo, para explicar lo que llevábamos ya escrito desde casa: este es un país inseguro e incapaz de organizar una Copa del Mundo. Hacer un editorial sobre eso desde un confortable despacho, a miles de kilómetros y con el único dato de que un compañero ha sido robado me parece una soberana idiotez.


Economic commentator Anatole Kaletsky wrote an interesting article comparing sovereign debt with banking debt (read it here), but I am not sure that he is reconciled to the consequences. Anatole Kalesky famously called for a bail-out of Lehman Brothers in September 2008, saying that the consequences of allowing the bank to crash were worse than the moral hazard of allowing the bank to survive. As Lehman Brothers should have been saved, so Greece should be saved now.