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9 Sep

Venezuela y Colombia, ¿"Divorcio" sin solución?

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Que las relaciones entre Colombia y Venezuela atraviesan uno de los peores momentos de su historia no es un secreto para nadie, ni siquiera para la cancillería colombiana, cada vez más incapaz de dar una respuesta a la misma y de vertebrar un discurso firme y creíble ante una situación que se deteriora por momentos. El origen de este contencioso es de sobra conocida: las andanadas retóricas del máximo líder venezolano, Hugo Chávez, contra el presidente colombiano, Álvaro Uribe, derivaron en esta situación de casi no retorno e imposible diálogo. Luego el efectivo bloqueo venezolano a las exportaciones colombianas, consumado tal como han comprobado los empresarios de Colombia, llevo la tensión al límite de lo imaginable, casi bordeando la frontera de la violencia cuando el régimen de Caracas llevó a cabo la voladura de dos puentes caseros en la frontera con este país.


Caracas argumenta que Colombia es el principal aliado del “imperio” en esta zona del mundo y ha llevado a comparar a este país con “el Israel de América Latina”, el supuesto brazo ejecutor de la doctrina “imperialista” de los Estados Unidos en el continente y un país siempre sumiso y obediente ante los intereses de Washington, que incluso ha llegado a dejar que en una parte de su territorio se desplieguen un conjunto de bases conjuntas colombo-norteamericanas. Colombia, por su parte, se siente amenazada por sus vecinos. Hace ya algunos meses tuvo que emplear sus fuerzas militares para atacar un campamento militar de la organización terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en territorio ecuatoriano y donde se refugiaba uno de sus principales jefes, el fallecido Raúl Reyes, y un grupo de voluntarios venidos de otras partes del mundo. Las relaciones entre Quito y Bogotá, rotas desde entonces, no se han restablecido todavía y el régimen de Ecuador, liderado por ese inefable bocazas que es Rafael Correa, sigue atizando el fuego retórico anticolombiano y constituye uno de los principales aliados deL presidente Hugo Chávez en la región. Con respecto a lo de Israel, a mucha honra, señor Chávez, sí somos "el Israel de América Latina".


No olvidemos que Venezuela lidera el bloque de países denominado Alianza Bolivariana para Nuestras Américas (ALBA), una suerte de alianza neocomunista que está inspirada en el “socialismo del siglo XXI” –en palabras del profesor Plinio Apuleyo Mendoza: el comunismo del siglo XXI- y que tiene pretensiones hegemónicas en el continente. A esta suerte de Pacto de Varsovia latinoamericano ya se la han unido Bolivia, Ecuador y Nicaragua, junto a otros pequeños Estados del Cáribe, y naufragó en Honduras, donde unas instituciones valientes y rigurosas con el orden democrático pusieron fin a la opereta chavista que lideraba Mel Zelaya y llevaron al país rumbo a la democracia. Colombia, con los escasos apoyos de Estados Unidos, Panamá y Perú en la región, debería tener serios motivos para estar preocupada. Chávez tiene pretensiones de sentar régimen y establecer un liderazgo a nivel continental que incluso implica interferir en los asuntos de sus vecinos, como ya ha hecho en numerosas ocasiones.


Ante este enorme desafío ¿qué puede hacer Colombia? Considero que la política exterior colombiana ha estado absolutamente errada y ha sido muy desafortunada, habiendo alimentado las esperanzas a los enemigos de Colombia, tanto en el exterior como en el interior, los nunca ocultados aliados de Hugo Chávez en el país, de que existe una mínima esperanza por conseguir su nunca ocultado objetivo de desestabilizar la nación y dotar a las FARC de un rol más determinante en la vida colombiana en unos momentos en que estaban casi al borde de la derrota, militar y política.


Considero que es un error el tratar de establecer el actual debate continental político en términos de derecha e izquierda, ya que lo que aquí está en juego es un sistema político con unos valores muy determinados. La coyuntura latinoamericana de este momentos pasa más por una abierta lucha, a veces incluso violenta, tal como ha ocurrido en Honduras, entre los que defienden las democracias liberales dotadas de los típicos valores occidentales, como el libre mercado y la competencia política en igualdad de condiciones, y aquellos que defienden el modelo chavista de corte autoritario, populista, autoritario y abiertamente intervencionista en los económico. Luego la revolución de Chávez, tal como se ha visto, pasaba por hacerse con el poder por la vía democrática y utilizando los mecanismos legales que este sistema le permitía para una vez alcanzado el gobierno subvertir el sistema y sentar régimen, en este caso una abierta dictadura ya sin careta y donde la oposición es perseguida abiertamente.


En este caso, y al igual que en las pesadillas totalitarias acaecidas en la Europa de los años treinta y cuarenta, queda muy poco margen para la acción política y diplomática. No quiero decir que estas vías estén agotadas en este momentos, pero mostrar tibieza y debilidad frente al régimen de Chávez es un error tan garrafal como lo fue en el año 1938 el Pacto de Munich, cuando las potencias democráticas, Francia y el Reino Unido, “regalaron” generosamente los Sudetes checoslovacos a Hitler con el ánimo de calmar a la bestia fascista. Hitler recibió el mensaje: las democracias occidentales no iban a ser firmes en la defensa de sus principios y no moverían ni un dedo por defender los mismos. Al año siguiente, siguiendo el guión maléfico que el dictador alemán había “diseñado” para Europa, los alemanes ocuparon Polonia a sangre y fuego. Comenzaba la gran guerra europea, después llegaría el Holocausto y las conocidas matanzas del régimen nazi. La pusilanimidad europea frente al nazismo tuvo un coste terrible para todo el continente en vidas humanas y destrucción material.


Termino usando los argumentos de Winston Churchill, cuando se enfrentó al primer ministro británico, Neville Chamberlain, firmante de tan infame y diabólico pacto, al que cito literalmente:”“Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”. La debilidad frente al totalitarismo no es el camino, y el contencioso con Venezuela tiene mucho que ver con la defensa de la democracia y unos principios firmes en América sustentados en los Derechos Humanos y las sociedades abiertas y tolerantes. Claudicar frente a Chávez no es el camino. En estas condiciones, será muy difícil concluir un acuerdo duradero, estable y respetuoso con un régimen que ha hecho permanente bandera de la intromisión política en los asuntos de sus vecinos y que hace gala de un rearme militar realmente alarmante.
 
(Ricardo Angoso es Coordinador General de Diálogo Europeo y analista internacional).

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