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Viernes
30 Jul

De India a Mongolia

La eternidad robada al silencio

La eternidad robada al silencio

De India a Mongolia XVI, último capítulo

"La lluvia cesó después de una semana: Longxi, Wushan, Luomein, Tianshui y, por fin, Xi'an, donde los Guerreros de Terracota..."

Esa semana queda ya tan lejana como distantes son los horizontes que se observan entre China y Egipto; y si lejanos se hallan ya esos siete acuosos días, de nuevo, una vez más, me quedo sin palabras para recordar la distancia recorrida a través de seis meses... durante más de siete mil kilómetros.

Bajo la lluvia, caminos de sueño y realidad

Bajo la lluvia, caminos de sueño y realidad

De India a Mongolia XV

Gracias a que soy Indestructible, prácticamente, pude regresar de mi paseo por el inframundo y seguir pedaleando en la leve inspiración de los capítulos que resumen mis jornadas. China se acaba; mejor dicho, los que se acaban, los que consumen sus últimos días en China, somos nosotros; y da vértigo el mirar atrás en el recuerdo de lo soñado y percatarse de que entre idas y miradas, entre venidas y caídas, entre asombros y sofocos, ya se han consumido otros cuatro meses divididos entre China y Mongolia... India queda demasiado lejos, nunca lejana, tan allá, que parece vivida por otro personaje que no soy yo; tan presente en mi día a día, en su enseñanza, que atrapa mi realidad y confunde las vivencias y caminos con las huellas de algún Hidalgo, no por hidalgo, menos Caballero.

Lágrimas talladas de arena

Lágrimas talladas de arena

De India a Mongolia XIV

En los viajes, supongo que como en la vida, es mejor no dejarse arrastrar ni por los estados de ánimo ni por las sensaciones pues se podría, entonces, correr el riesgo de precipitarse y despeñarse en el error del no saber esperar... quizás de equivocarse. Dejamos Yinchuan, hace tiempo ya, instalada en sus molestas rutinas y en sus continuas miradas para, como escribí, descolgarnos hasta Zhongwei. Atraídos, quizás llamados por el susurro de Shamo, recaímos en la tentación del camino largo, del menos frecuentado, para acabar viviendo dentro de una poesía que se resume, imposible de relatar, en la inmensidad horizontal de dunas y con la desolación más asombrada...

El despertar de una palabra, Shamo

El despertar de una palabra, Shamo

De India a Mongolia (XIII)

Todo volvió a su ser; es cierto que no ayudó mucho al reestablecido orden el hecho de que otro camarero, de esos con problemas serios de audición, me trajera un plato de arroz con calamares cuando yo le había pedido uno de arroz con vegetales... pero al menos, a dios gracias, no me remitió al csesuo. Sin pena, sin gloria, con una alegría de esas alborozadas que te hace considerar todo lo que te acontece como el mejor acontecimiento del mundo, salimos de la 209 y nos adentramos en la calma, a cada paso más intensa e íntima, de la 618; y lo que en el capitulo 12 fue la burla de un juego que nos mantuvo ocupados saltando entre charcos y piletas, terminó por convertirse en el silencio prodigioso que siempre estalla en los lugares mas poderosos de la Tierra.

La desilusión de un destino, Hohhot

La desilusión de un destino, Hohhot

De India a Mongolia (XII)

Era aún pequeño cuando Don Julián, más conocido en el mundo de los pasillos y del patio como El Pipa, mi Profesor de 4º y 5º de EGB, nos enseñaba sobre un mágico mapamundi donde se encontraban, entre otros muchos sueños e ilusiones, el Río Amarillo o, como se le llama por aquí, el Huang He.

Pasó el tiempo de Don Julián y yo quedé atrapado en aquel mapamundi transmutado en aliento divino para venir, por azar, a parar a las riberas de ese Río Amarillo... porque amarilla es la tierra y los sedimentos que tiñen de ese color sus aguas y mis recuerdos.

Descosiendo lo cosido

Descosiendo lo cosido

De India a Mongolia (XI)

No lo cuestiono. Es verdad que llevaba sin adecentarme algo más de una semana; no es menos cierto que acumulaba polvo caminero y olores varios de diversos sabores, pero de lo que sí dudo es de si los dos escarabajos y la mosca momificada que se cayeron de mis lanas al cepillarme el pelo, hallado finalmente un lugar para el necesario y balsámico aseo, habían hecho de mi cabeza su nido o, por el contrario, tan sólo eran tres huéspedes casuales atrapados en tan extraordinaria e inusual enredadera.
 
El viaje, que aún anda en pañales a pesar del verano transcurrido, cambia mi destino a su antojo y nos maneja como zarandillos desorientados en un viento que convierte el camino en penitencia, en amable penitencia.

Rutinas y recuerdos, de la mano

Rutinas y recuerdos, de la mano

De India a Mongolia (X)

Cuando paseaba por la era de la mano de mi abuelo Clemente, el sol aún no había alcanzado el mediodía y era agradable caminar por aquellos pastos tan ausentes de caminos como de sombras, donde el silencio, el de aquella soledad y el de mi abuelo, tan sólo era interrumpido por el peso de nuestras huellas y por los silbidos lejanos de otros pastores; más avanzado el día era impensable, prácticamente imposible, el pasear bajo la crueldad del estival sol villalpandino. De Villalpando a Mongolia, pasando por casi la totalidad de mi vida. De la era a la estepa, añorando el silencio elocuente del abuelo. Del paseo al pedaleo, confundiendo los soles ausentes de tiempo y añorando la presencia de sombras y de árboles bajo los que consolar los calores de dos estíos tan cercanos como semejantes.

Retratos de Mongolia en mi retina

Retratos de Mongolia en mi retina

De India a Mongolia (IX)

Mi amiga Domi tenía razón y, aquí, el cielo se tiñe de azul cobalto. Por fin, el horizonte susurrado; por fin, Mongolia... y el destino, en mi entrada, que se estiro casi tanto como una caricia deseada, de esas que anticipan un beso, desde mi ahora hasta el guiño de un siempre presente Yelmo. Paseaba por Ulaan Baator, la capital, como por el vértice del tiempo que anduvo Gengis Khan y que recorrió, para luego contármelo, Marco Polo. Ha pasado poco tiempo y, sin embargo, tengo la sensación de que hace demasiados días que no escribo nada, quizás, debido a un exceso de novedad y de unas vivencias que se suceden a su antojo y albedrio sin que yo pueda hacer nada por controlarlas o por no sufrirlas; quizás, porque tanto internet como las ciudades son prácticamente inexistentes.
 
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