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Jueves
11 Mar

Belleza, molinos y gigantes

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De India a Mongolia (III)

La distancia temporal es algo muy relativo, y cuando uno entra en la rutina de pedalear poco importa lo que hizo o aconteció en los días previos. El ritual se repite con idéntica exactitud cada mañana, y aunque uno jura y perjura que al día siguiente descansará, el día siguiente se convierte en otro amanecer en el que sólo se comprueba que no se tienen dolores, que la bici no anda muy mal, y que el tiempo no es catastrófico; entonces, si se tercia, uno desayuna y empieza el acoso de un horizonte que nunca llega.
 
Mentiría si digo que no tuve dudas; mentiría, y mucho, si dijese que no hubo incertidumbres el último día que amanecí en Leh... pero sin hacer caso a mi imaginación, pues comprendo que la mente teme lo que ignora, partí escuchando únicamente el eco de un Don Quijote que con lejano aliento me susurró:


"aparta la imaginación de los sucesos adversos que podrían venir; que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir" (anota ésta, Sergio).

"La del alba sería" cuando salía de Leh sabiendo que mi destino no era el Toboso, sino un horizonte de 485 km. que no entiende de cifras ni de dimensiones. En fin, dejando la épica a un lado, que eso esta muy bien para los héroes, y los héroes nunca tienen miedo, cosa que no encaja con mi espíritu de pardillete, salí de Leh porque en caso de haber permanecido allí un sólo día más me hubiera muerto de hambre... como ya todos sabéis.

¿Y qué es lo que hace un pardillo en bicicleta y en pantalones cortos en mitad del Himalaya? Pues eso mismo me lo he preguntado yo miles de veces a lo largo del tiempo que duraron esos 485 kilómetros.

Es curioso cómo las sensaciones y los acontecimientos tienen su transferencia desde unas situaciones a otras... y que diferentes son las cosas cuando es uno mismo el que tiene que tomar sus decisiones pues ¡es la propia integridad la que esta en juego! ¿Dónde acaba la valentía y empieza la temeridad? Difícil frontera desde la que es fácil despeñarse por la cobardía de los propios temores.

Las decisiones que uno toma en un momento dado pueden no ser las adecuadas dos instantes después, y lo que en otros lugares se convierte en una fastidiosa vuelta atrás aquí, en el Himalaya, se transforma en una carrera contrarreloj pues las situaciones siempre son susceptibles de empeorar.

Hace un año, en Groenlandia, en la añorada Qassiarsuq, era Javi el que decidía si con ese viento se navegaba o no; hace un poco más, también en Groenlandia, en el silencio de Fletanes, era mi hermano "alma grande" Sergio el que me enseñaba lo que era el efecto foem... y mientras yo, este año, alegremente pedaleaba entre ráfagas cálidas de viento gélido interrumpido que me aventuraban lo peor.

En esos 485 kilómetros de altitud y de desolación, de belleza infinita y Perfecta, me las he tenido que ver con ciertos molinos que, en esta ocasión, se disfrazaron de Hielo, Viento, Frío, y Nieve.

Pedaleaba camino de Pang (para los que buscáis en Google) descendiendo el primer puerto de aquella dimensión, os podéis imaginar la "carretera", cuando de lleno me topé con el primer molino. Batacazo a tumba abierta y el recuerdo de lo sucedido borrado hasta que reapareció la conciencia de lo acontecido 16 kilómetros más abajo, en Debring. La memoria de lo ocurrido se consumió en el olvido de lo recorrido y, a cambio, como primera duda que me haría tambalear en el miedo de la incertidumbre, me dejó una herida en la espinilla y un dolor de hombro izquierdo que hasta ayer, como quien dice, me arrancaba mil ayes cada vez que me subía en mi pobre Orbea.

Antes de llegar a Pang existe un altiplano desolado, los Planos de Morey, sinónimo, para mí, de Cielo, de Paz, de Libertad... y el segundo molino, a modo de Viento, fue el encargado de transformar ese cielo recordado en infierno hallado. "Con este viento no se pedalea"_me decía Javi... "esas rachas cálidas en mitad de este frío deberían prevenirte de algo"_me advertía Sergio... ¿y qué hace un pringadete asustado en pantalón corto y en mitad del Himalaya? pues pedalear con el viento en contra e invertir más de seis agónicas horas para gestionar 40 kilómetros de asfalto perfecto y, además, perfectamente planos.

Las cuestas son lo de menos; el piso tampoco importa mucho pues a todo se acostumbra el culo... excepto, espero, a los chino canadienses...; pero a lo que no se acostumbra uno nunca es al viento en contra; a un viento que te fuerza a bregar como un galeote para promediar 6 km/h en pendientes por las que te deslizarías a mas de 45 km/h...

Así, cargando la penitencia de ese segundo molino llegue a Pang; así, purgando esa misma penitencia, gané Sarchu, donde todos ya conocéis las generalidades del celebrado episodio de Tsering Tsamo.

Era lógico que tuviera dudas; era lógico que me acobardase el miedo al mirar el cielo y ver que era víctima de una situación inestable que imposibilitaba la toma de decisiones. Aun así, como digo, la rutina del pedalear es algo que no se piensa, y como el cuerpo iba bien y la bici no muy mal, dejando a un lado el calorcito de Sarchu, me fui en busca del incierto Patseo. Por medio otro paso de esos divertidos, el Baralacha La; por medio el tercer molino aliado con el segundo: el Frío.

Pedaleando uno no se da cuenta de que se ha congelado hasta que intenta frenar, cambiar, o ponerse de pie; es entonces cuando los dedos duelen como si te los hubieras pillado con la tapa de un piano y las uñas aparentan desprenderse de esos mismos dedos con el mas leve roce... Y para colmo el ejército que me dice que no puedo continuar por culpa de la nieve... y yo en bermuditas veraniegas y sin la tienda en donde pasar la noche (vaya idea, Chispa)... ¿Por qué narices habría dejado la comodidad manifiesta de Sarchu? "Bueno"_me dice ese mismo ejército después de dos horas de cara desesperada de circunstancia_"si quieres seguir adelante quizás con la bici puedas lograrlo" ... Y el cuarto molino que aparece en escena: la Nieve.; pero no una nieve cualquiera, que va. La "carretera" era un túnel abovedado de seracs de unos 11 metros de altura; pocas veces he visto un paisaje tan bello; pocas veces he tenido tanto miedo... y con razón, que a causa de la demora castrense me habían dado las tres de la tarde y era cuestión de tiempo y de azar que aquellos seracs se desprendieran.

El tiempo hizo su trabajo y el azar mi fortuna, y en mitad de aquel silencio el mundo se vino abajo en forma de dos avalanchas consecutivas... y yo en maldito pantalón corto... ¿Resultado? La "carretera" perdida bajo toneladas de nieve y yo porteando uno a uno mis bártulos montaña arriba, evitando la nieve desprendida y rezando todo lo que no sabía para que no sucediera otra avalancha que me sepultara a mí o a mis bártulos ya transportados al otro lado de alud.

Así llegó la noche, empezó a nevar, y no pude llegar a Patseo, por lo que no me quedó otra que acurrucarme al abrigo de unas rocas protegidas y entretener el frío de aquella madrugada lo mejor que pude... y a todo esto sin comer a pesar de que la huelga ya era olvido... y a todo esto yo con bermudas piratas de maldita moda.

La noche fue fría, muy fría, y en esos momentos de consciencia baja en los que uno no sabe si sueña o esta despierto, si se duerme o si simplemente se congela, es curioso como el recuerdo se descontrola y el pensar trae desde el olvido a la memoria buena parte de lo que hemos sido, de lo que hemos conocido, de lo que hemos perdido, y de lo que hemos logrado... vamos, que se me pusieron los pelos de punta cuando me sorprendí a mí mismo contemplando mi vida en diapositivas; un poco más y me sorprendo caminando por un túnel estrecho camino de la luz terminal. ¡Por dios que miedo!

Así amaneció un día precioso y encaminé mi rutina, ya sin gigantes, a Keylong; ¿para qué os voy a contar mi desencuentro con aquellas samosas podridas y malditas que engullí sin pensarlo con tan fatales consecuencias? ¿Para qué contaros que mientras pedía desesperadamente un rollo de papel higiénico a la viejecita de una dhaba del camino, ya con sudores fríos y temblores apretados de esos que auguraban el no dejarme muy limpio, ésta se empeñaba en ofrecerme mil tipos de galletas? Para que contaros que lloré de pena y de frustración cuando por causa de unas minúsculas bacterias tuve que renunciar a aquello que no habían derrotado ni cuatro molinos, el Hielo, el Viento, el Frío y la Nieve, ni cinco gigantes, el Tanglang La, el Lachunglang La, el Namika La, el Baralacha La, y el Rothang Pass.

Mirando de reojo, cuando ya me adentraba en el valle de Spiti y en reino de Kinnaur, me di la vuelta y salí por el otro valle, el de Lahahul, tras ascender el penoso Rothang Pass y llegando a Manali, donde todos ya sabéis el final de este tercer capitulo.

Mañana salgo para Shimla, seguro que me llueve, y aunque ya todo es mucho más sencillo, aseguro anécdotas para el cuarto capitulo de lo que vivo.

Pidiéndoos disculpas por lo extenso de esos efímeros 485, me despido hasta la próxima.
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