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12 Mar

Shimla, la ciudad soñada

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De India a Mongolia (IV)

"De igual manera que hay encantadores que me acosan y fatigan, también ha de haberlos de esos que me favorezcan"... y con esta idea dejé Manali cuando, una vez más, me había instalado en la rutina fácil de las nuevas y relajadas costumbres; costumbres que no iban más allá que las de recuperar el cuerpo y las de recomponer un viaje que corría el peligro de quedarse a medio camino de su conclusión. Improvisando iba dejando que el mismo viaje se hiciera a sí mismo y me guiara a mí a través del sueño que, como ya he escrito, había comenzado muchos meses antes sobre una otoñal Pedriza, sobre un solitario y ya adormecido Yelmo.

Y el mismo ritmo del viaje me trajo de regreso a la India que me dio la bienvenida hace ya muchos años: la de los calores, la de la humedad prohibida, la de los templos, la del incienso, la de los curries y masalas, la de, en definitiva, la de la espiritualidad más cercana e impactante.

Lentamente debía ir perdiendo la altura ganada en capítulos anteriores; y según bajaban los metros iban llegando las ciudades y los pueblos cada vez mas consecuentes con las razones que busco en este eterno retorno hindú: Kullu, Mandi, Bilaspur, Darlaghat y, finalmente, Shimla... donde los cielos son borrosos y el ventilador es un mal augurio de lo que me aguarda.

La rutina del pedaleo fue la única que no cambió; el resto de las costumbres, de las circunstancias, variaron tanto como el entorno en el que se desenvolvía mi destino. Y pasé de pedalear en un ambiente desolado, casi abandonado por el Hombre, casi vetado para la existencia, a hacerlo en uno fértil y abundante en donde la desolación era parte de la sociedad, de la India que me hace regresar a su incomprensión una y otra vez.

Si hasta hace nada huía de las sombras y, a mi manera, rezaba por el alivio de un rayo de sol, ahora, en el nuevo devenir, intentaba por todos los medios escapar de la crudeza de un sol llano que no hacia sino recordarme que todo lo vivido con anterioridad había sido un sueño.

Cualquier estrategia valía para sobrevivir en unas llanuras que a fuerza de pedales y de agradecida gravedad ganaba; los madrugones eran de esos buenos, de esos que siempre están a punto de ser vencidos por la pereza y que te despiertan con el mal cuerpo del cansancio y del sueño velado por otra noche tórrida.

En Madrid, en vuestras rutinas que hasta nace nada eran las mías, aun no había terminado "El Larguero" o no había dado inicio el "Hablar por Hablar" y yo ya me andaba, con el recuerdo de vuestra memoria, inmerso en la costumbre ésta que es el pedalear.

Intentaba huir del Sol; procuraba escapar del tráfico... pero el Sol siempre me alcanzaba antes de que yo lograra mi horizonte y el tráfico terminaba por ser más rápido que yo... y yo me sumergía de lleno en la crueldad de un monzón que no terminaba de estallar: deshidratado y con kilos de menos esfumados en forma de sudor.

Y es que por estas latitudes hay calores y humedades que no encuentran consuelo ni en la fresca del amanecer... porque aquí, en estas latitudes, no hay fresca amanecida y el orto dura el tiempo que dura un suspiro.

Leí, hace tiempo, que el trópico lo devora todo; y es cierto. El bochorno consume hasta el ánimo y ralentiza el ritmo de la vida casi hasta detenerla, jamás hasta pararla.

Más sin embargo, a pesar de esta crueldad cada vez mas cálida e intensa, India, en su transcurso, me regalaba lo mejor de su alma y de su despertar. Daba lo mismo que yo aun no me hubiera desayunado, que aquí la vida empieza a funcionar a las 7 de la mañana, y a las 4, hora de mi inicio, con dificultad encontraba abierta la puerta del hotel en el que con suerte pernoctaba; India se despertaba con sus templos repicando y el murmullo solemne de mantras y de sadhus saludando al Sol del que yo pretendía escapar... India me regalaba el rincón armónico en el que hacer Katas... India, una vez más, me escupía a la cara imágenes que en occidente estarían prohibidas y que, sin embargo, aquí conforman el día a día de millones de personas.

India, de nuevo, me situaba contra las cuerdas de mi conciencia y me forzaba a relativizar los traumas de mi vida y mis caprichosas frustraciones con los dramas de otras existencias que encima afrontan sus jornadas con la sonrisa del que sabe que "nada es necesario".

Kullu, Mandi, Bilaspur: India caía contra mí como una losa bochornosa y, al tiempo, me regalaba parte de un secreto que aun sigo sin comprender y sin asimilar.

El viaje, desde una parte hasta el día en el que vivo hoy, se ha ido construyendo solo y, por unos días, gracias a India, olvidé el motivo por el que regresé; la voz pacifica del Yelmo se fue diluyendo en la inmensidad de un sueño demasiado osado y yo toqué el fondo de las llanuras de Bilaspur: allá donde el calor es inconsolable y el río Sutlej es la sombra aun brava del torrente arrasador que vi nacer en Tibet y que rasga Kinnaur.

El Viento era fuego y las últimas, o primeras, que todo depende del sentido de la mirada, colinas del Himalaya deformaban la vista de una visión ya de por sí engañada por la calima; y, sin embargo, en aquel ambiente infernal que en otras ocasiones me hubiera hecho renegar de mi circunstancia, que yo lo del calor lo llevo peor que mal, hallé el cielo en aquellas mismas colinas que dibujaban un paisaje, a orillas del Sutlej, realmente hermoso.

Y la vida, que siempre trae la solución para todas las pasiones y circunstancias, trajo el consuelo a aquel ritmo lento y tórrido de existencia conformista; el monzón reventó y aunque la humedad no declinó su insistencia cruel, al menos, la noche y el amanecer sí trajeron la "fresca" olvidada kilómetros más arriba.

Desde Bilaspuer, en dos días, a recuperar la altitud perdida en cuatro sin querer, sin poder, cambiar la rutina de los madrugones y disponiendo, pues, de la plenitud del día para gozar... porque mis pedaladas deberían concluir a eso de las 11 de la mañana.

Pensar que el mal es duradero es tan absurdo como lo es el pensar que el bien también lo es; abandoné el calor, las llanuras, el tráfico, el despertar de una India que ya añoro y, muy lentamente, más esforzadamente de lo que pensaba, encontré el consuelo de los pinos y de los cedros, de la nostalgia de un aroma que huele a Montaña Madrileña, y hallé la voz de un dios al que había abandonado justo cuando extravié el sueño que me susurró: "desde Srinagar hasta Shimla"... y sin darme cuenta me despierto de ese sueño estando en Shimla.

Ayer, día 30, llegue a Shimla y no fui consciente de que el sueño había concluido hasta bien entrada la tarde. Estoy cansado y me debato en la frontera que delimita la euforia del objetivo logrado y la ingratitud del verme con las manos y el tiempo vacíos después de alcanzar el sueño susurrado.

Tengo la sensación de que todo ha pasado muy deprisa... quizás, haya sido yo el que ha transcurrido demasiado rápido por todo. Lentamente las imágenes de lo ocurrido se depositan en la sensibilidad de lo experimentado, y tengo la extraña impresión de que ha sido otro, que no yo, el protagonista de este mes que comenzó en Srinagar, cruzó Cachemira, Ladakah, renunció a Kinnaur, y llegó al final de Himachal Pradesh alcanzando Shimla.

Ahora, o me sobran días o me falta sueño; estaré aquí hasta el día 3, día en el que me marcho a Kalka, en bici; allí tomare un tren a Delhi y el día 7 vuelo a Peking... donde todo volverá a ser nuevo y la ingratitud del Conocimiento, quizás, no empañe con la nostalgia el triunfo de lo vivido.

Hasta pronto.

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