De India a Mongolia (VII)
Como era de esperar, con el aliento fresco y los pies en forma, salí de India y desperté de ese sueño con el único recuerdo de la cíclica lagrimilla; y esa lagrimilla se estiró durante seis horas de vuelo para volverse abrazo y bienvenida: el de Marta y la de Beijing, que seguían, ambas, tal y como se despidieron de mí. La una hace mes y medio, la otra hace casi tres años.
Y lo que hace tres años fue el punto y final de un viaje que nos mantuvo ocupados entre los pedales que separan Delhi y Beijing, se convirtió, paradojas de la vida y del tiempo, en la sonrisa de un nuevo comienzo que nadie, ni tan siquiera la Providencia, tan sólo quizás el amable dios del Yelmo, sabe donde marcará su final e indicará el inicio de otro posible retorno.
Beijing bajo mis pies e India sobre mi sueño como una obsesión que me abraza y me envuelve pues India, a su manera cruel y directa, franca, te muestra su real cara sin importarle si te agrada o te disgusta; China de mirada rasgada muestra tan sólo la careta tras la que intenta esconder aquello que tal vez pueda desagradar... "aunque en cueros no hay donde esconderlo" y para dos viajeros, que no turistas, en bici, China, la Virtud, y cualquier otra circunstancia, termina mostrando su real cara... y ante el desagrado, ante la contrariedad, no queda más solución que resignarse y blindar el cuerpo para que el topetazo burocrático de la "legalidad" no termine por destruir a la paciencia.¿El tiempo?, amable considerando los 42 grados, o más, de perezosa humedad con los que Delhi se despidió de mí; ¿las calles?, gastadas de tanto pasearlas en el entretenimiento de una espera que era desconsuelo; ¿los chinos?, sonrientes, simpáticos, entrañables, muy desconfiados; ¿China?, en Beijing disfrazada de occidente y enmascarada tras la careta que no logró esconder el control absoluto del Gobierno, la burocracia cíclica e interminable, y el ritmo vital de un país que aparenta moverse muy deprisa y que, sin embargo, a duras pena logra adelantar el ritmo cadencioso de dos nada fiables extranjeros.
Salvando las distancias en Beijing casi todo huele a Madrid: por sus árboles, por su Luna, por sus animales, por su clima, por su alegría... sino fuera porque aquí los MP3 son marca Ynlips y los televisores Samsung, y algún que otro detalle colosal adornado con el retrato de un paternal Mao, podría llegar a confundir la imagen de este oriental horizonte con aquel otro al que inevitablemente me dirijo.
Tarde o temprano sabía que terminaría pasando, que llegaría el momento en el que los planes dejarían de importar y que sería el viaje el que escribiera su propio argumento y planificara su propio destino.
Objetivo: "cruzar el Gobi"... y el plan que se desmonta pues la frontera Chino-Mongola sólo se puede cruzar en tren.
Objetivo: "visado mongol y tren para Ulaan Baator"... y el plan que se desmorona pues la embajada permanece cerrada varios días a causa de fiestas regionales (vivan las jotas)... y el plan que nos desespera pues cuando aceptan nuestros pasaportes nos niegan la venta del billete de tren al carecer de documento identificativo... y mira que yo lo intenté con el carné de estudiante... ¡infeliz de mi!
Miles de paseos después y horas de aire acondicionado respiradas, que no hay bien ni mal eternos, ponen las cosas en su sitio y por fin acariciamos, pasaporte, visado, y billete ferroviario en mano, la oportunidad de salir de Beijing; pero perdimos el ansiado tren ya en el andén por problemas a la hora de transportar las bicis en el vagón de equipajes. Despacito, como una burla que arranca sin hacer ruido, el tiempo colmó nuestra paciencia y la guasa de ese destino amenazó con tenernos atrapados en Beijing otra semana... porque el tren a Ulaan Baator sólo sale los lunes, martes, y miércoles..."de ninguna manera, cogemos un tren a cualquier punto del camino y allí ya nos apañaremos"... y las bicis en clase VIP, que menuda pasta costó su billete y su seguro, y nosotros viendo como en el vagón numero 4 con destino a Jining City empujaban a la gente para hacerle encajar en el espacio, virtualmente ilimitado, de tan angustioso vagón.
"Paso, me quedo en Beijing"_dijo Marta_"pero las bicis ya están de camino"_dije yo... y Jining City que fuimos acomodados de milagro, de nuevo imagino gracias a la bendita lástima, en una clase algo más llevadera y espaciosa que la de aquel vagón numero 4.
Y cuando ya habíamos renunciado a pedalear en este desierto que me suena a Marco Polo y a Mortadelo y Filemón por partes iguales, nos encontramos haciéndolo en la frontera de un paisaje árido que amenaza con la desolación tajante e inmediata; donde el calor es llevadero, las ciudades raras, la gente aun mas curiosa, y la frontera casi cercana... sabiendo que por carretera está prohibido cruzarla pero con la certeza de que el propio viaje, dueño de nuestros derroteros, se encargará de solucionar el asunto.
Cambia el paisaje; cambia la gente y los letreros, antes en mandarín, ahora se traducen al mongol, primeramente, y ya al cirílico; y contemplando esos cambios, a mitad de camino, tras atravesar Jining City y Chahar Youyi Houqi, llegamos a Tomortei, ciudad de sugerente nombre. Marta que se envenena con la carne y no nos queda más remedio que reposar dos días en esa ciudad evocadora que olía a pis por los cuatro costados y a letrina en la totalidad del hotel; hotel que, por otro lado, nada tenía que envidiar a los lodges más siniestros y sospechosos de la India más profunda.
El envenenamiento que remite y tras una noche de reposo decidimos pasar un día más en tan entrañable lugar; y en esto, tras el breve y aromático paseo matutino en busca del té confortativo y depurador, nos llega la dueña del hotel y se hace entender para indicarnos que deberíamos ir al medico... y Marta toda agradecida, casi enternecida, viéndose tratar tan caritativamente... y en esto que llega un policía e invita a Marta, ya mosqueada con tanto cuidado, a subir a la moto y a ir al hospital..."no hace falta, ya estoy bien"_se hace entender... y en esto que llaman a una traductora para que, tras dialogar vía móvil con no sé que autoridad, nos diga "sintiéndolo mucho tenéis que iros del pueblo, que como sois de España y estáis enfermos no podemos permitir que infectéis el pueblo, que es pequeño y vulnerable" (paranoya de gripe porcina). Mutis por el foro que, como decía Sancho Panza, "a que queréis con mi mujer y a fuera de mi casa no hay que responder"; equipaje veloz y a pedalear antes del ocaso para intentar ganar el próximo destino antes de la noche... y encima con el viento de cara.
De Tomortei, o Pesting según Marta, a Juhre; de Juhre a Saihan Tal, lugar desde el que escribo y en el que reposamos el movimiento del viento agotador y frontal.
Las condiciones se deterioran kilómetro tras kilómetro, de tal manera que es muy difícil hallar internet e imposible encontrar un teléfono con el que aliviar las preocupaciones de allá. Lentamente entramos en terreno de nómadas y de hospitalidad mongola; los descansos del camino son en Yurtas y se entretienen con queso amargo, té y pan. Ciclamos en una China increíble: monótona pero fascinante; ya sin la careta pekinesa no le avergüenza mostrar su ruralidad y la sencillez de unos pueblos en donde apenas hay luces de neón ni rascacielos; donde el campo se sigue trabajando a mano y el ladrillo y la arcilla edifican el color de esta lejanísima Castilla.
Sin escondrijos ni tapujos, en los tarareados "cueros", la mirada de reojo, de ser desconfiada e interesada, se preña de ansiosa curiosidad y somos el objetivo de descaradas conversaciones, indiscretos codazos, fotos furtivas, e instantáneas tímidamente solicitadas en un muy balbuceante inglés. Somos, quizás, los primeros extranjeros que se detienen en esta China profunda y honesta, intima y sincera. Cosas de viajar en bici.
El tiempo, como escribo, ha empezado a dominar el ritmo del viaje y cada día sabemos en donde amanece aunque, sólo en contadas ocasiones, conocemos el lugar en donde el ocaso interrumpirá el límite del pretendido horizonte.
Mañana 23 salimos para Erenhot, ciudad fronteriza que ganaremos en dos días; luego... sólo el dios del Yelmo sabe adonde mira el horizonte.
Poco más en esta primera crónica China; por razones obvias los capítulos no llegarán tan regularmente como lo hacían desde India.
Hasta pronto.

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