De India a Mongolia (VIII)
Surgió de la nada; como todas las cosas bellas y hermosas de la vida, el desierto, la estepa, la desolada libertad de estas llanuras inmensas llegó sin hacer ruido en el silencio del que, sin darse cuenta, se adentra en su interior.
La monotonía es la dueña de un tiempo desolado pues así, desolado, es el tiempo que gobierna y detiene la monotonía efímera de lo que contemplo, siento y que, como un sueño recordado, imagino. Las imágenes de lo observado se convierten en analogías de lo vivido y, en el recuerdo infantil, perdido; así que no quedó más remedio, sería quizás por el viento de cara, que reducir la marcha y dejarse arrastrar hacia el paisaje interior que se rasgaba más allá del horizonte y que engullía a la vista confundida por la calima.
Granos de arena, idénticos, modelaban el perfil diferente de un paisaje que en sus inalcanzables rectas se despeñaba hacia la desesperación del intuir los segundos detenidos en la marcha, hacia el deseo frustrado del no poder avanzar junto a los caballos salvajes que con su ritmo y su mirada indiferente se burlaban de mi camino.
El ritmo de este desierto prohibido es, quizás, como ese sueño que todos hemos tenido alguna vez y en el cual, agónicamente, no se nos permite avanzar más que unos pocos centímetros a costa de un gran esfuerzo y una mayor angustia.
A lo mejor tan sólo lo soñé yo; quizás, pudiera ser, tan sólo me ocurrió a mí... pero fue como en el sueño: prisionero de la belleza o retenido por el viento, la cuestión es que avanzaba muy despacio, peleando, sufriendo, gozando de lo vivido.
"Quien mucho sabe, es que o mucho ha vivido o mucho ha leído", decía, una vez más, un ya enterrado Don Quijote; y yo no pude sostener la cara al viento del desierto no quedándome más remedio que, forzado por la belleza de lo soplado, volver la vista atrás y contemplar la enorme distancia de lo pedaleado y consumido, de lo poco vivido y de lo menos leído.
Marco Polo, desde la mirada vencida, me aconsejaba en el susurro de que "no puede haber Hombre tan loco que ose aventurarse a través de estos parajes"; Mortadelo y Filemón, desde el suelo de mi cuarto, de la mano y la sonrisa de mi buen padre, tras la derrota del mirar, se escondían en esa misma locura escapando de sus averías y del Super... y allí, yo, entre la mitad del viento y de la mirada indefinida, me encontraba indeciso preguntándome de dónde había salido tanta belleza, tanto desierto, tanta llanura libre y desolada.
Dejé a mis héroes de la TIA a buen recaudo, al sotavento de las dunas y del sepia del tiempo, y afronté el viento que escondía y velaba el horizonte pretendido, que ponía en mi destino las trampas que protegieron la infancia y el secreto de lo vivido.
Así, llegó la hora de sacar partido a lo estudiado, a lo asimilado, a aquello que todos, como bellas palabras, pronunciamos y que por muy pocos es comprendido y acaudalado en la verdad del sorprendido sino. Esto es un espejismo: en los polos se observan barcos volar y en el desierto las distancias se multiplican más allá de su apariencia, de tal manera que uno, tal y como suele suceder en la vida, no puede dejarse llevar ni por lo que siente ni por lo que observa, tan sólo por lo que experimenta, aunque esa experiencia pueda hallarse confundida por el cansancio, la deshidratación, y el agotamiento de 125 km que aparentaron no querer suceder ni avanzar más que las dos páginas de lo leído y menos aun que las de lo vivido.
Tentados por oropeles cambiamos aquello que reluce por aquello otro que tan sólo brilla; confundidos por las sensaciones, juzgamos lo grande por inmenso, lo pequeño por insignificante, lo cercano y fácil por "me lo merezco", y lo lejano e imposible por el "demasiado esfuerzo"... y así el horizonte nunca llega, y cuando nos traspasa es para darlo por perdido pues fuimos confundidos por los espejismos del desierto.
Entre la belleza de la nada aparecida, el susurro feroz del viento, el beso calido, inesperado, de todo este desierto infantil que no es más que la viñeta del espejismo que hasta ahora ha sido leído pero no escrito. Como yo, absurdo... lo sé, pero aunque leído no está escrito.
Entre la belleza de la nada surgida, la tormenta relajó las distancias y guió a los barcos del aire a su buen puerto... ¡qué dulce el ver los rayos y escuchar a los truenos desde la ventana!; ¡qué cómodo el continuar el sonido del viento desde la mitad del sueño!; ¡qué extraño el estar despierto y, sin embargo, continuar en la negación del avanzar más que unos pocos centímetros a costa de idéntico esfuerzo!
Soñé, sentí, viví el beso del desierto, ese que se durmió en Saihan Tal y se despertó en Erlian sin apenas avanzar 125 km pues, sin esperarlo, no hubo hotel en el camino... tan sólo belleza y desolación en la distancia que con su burla sí rasgaron los impetuosos caballos.
Erlian, de momento, es el lugar en donde se acaba China y se asoma Mongolia; un puente en el tiempo en donde aun hay dinosaurios y en el que esperan su próxima misión dos indultados e infantiles Mortadelo y Filemón.
Hasta pronto, Juan.

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